No me importaba el océano. Ni el recuerdo. No me importaba ni siquiera tu nombre. O tal vez sí: me importaba tu nombre pero más me importaron tus nombres posibles, tus promesas y desencuentros, tu curiosa ternura. Me importaba esa sensación dulce de la distancia. Nuestra lejanía era infinita pero era nuestra. Nuestros códigos, nuestros pensamientos, nuestra soledad. Nuestra soledad fue la que un día comenzó a balbucear oraciones deseosas de encuentro. Fue ella la que nos invitaba copas de escritura.
Me importaba también ese breve instante en que dos pueden juntarse y pueden mirarse sin importar ni un poco todos los océanos de por medio.
Me importaba que me encontraras.
No me importaba que fueras otra.
Tus ojos no están nunca pero creo ya haberte conocido la mirada. Hay en ella un extraño equilibrio de nostalgia y cariño, de altivez y amistad. Un enigma (planteado siempre como ficción orgánica). Una ecuación (en la que la suma de todas las sospechas entrega un resultado microcósmico).
Tus ojos no están pero sí está el orden de tus palabras y ese posible sentido que se deja ver tras de ellas como el pequeño hilo de un suéter que al jalarlo todo regresa a su forma original de bola de estambre, figura que es en sí una promesa, con todas esas posibilidades de creación que se pueden realizar dependiendo de la sagacidad del tejedor. Así pasa contigo: te develas promesa y depende de mí novelarte de la mejor manera posible. A veces lo hago y no te lo digo. Otras lo dejo en claro sin importarme qué se pueda pensar allá del otro lado, esa tierra donde anochece cada que aquí cae la canícula.
A plomo.
Has de saber que aquí pega el sol de forma hostil a ciertas horas del día, no importando que media hora después caiga un chubasco.
Y no, esto no es Edimburgo o Lisboa, aquí el clima siempre había sido estable hasta hace algunos años, antes de conocerte, antes de que todo cambiara y de pronto al mismo tiempo comenzaran a convivir cuatro climas diferentes en una misma entidad política.
Es que todo cambia, me dijiste una vez a la salida de un café. Caminábamos y veíamos unas golondrinas volar de la plaza a un madroño y de nuevo al centro de la plaza y yo me acordé de un poema que escribí hace años en el que hablaba de palomas. Veíamos algunas parejas de ancianos abrazarse, también había niños correteando pompas de jabón. No sabíamos si era Coyoacán o Almenara pero tú y yo íbamos platicando sobre el tiempo y el movimiento. Veíamos pasar las nubes y aún no era el otoño. Te daba metáforas malísimas que llegaban a funcionar. Tú me hablabas con nombres sudamericanos que nunca conocí. Al llegar a la Avenida de la Paz dimos vuelta a la derecha para ir por unos helados.
21 octubre 2009
The picture is mine
:: Alberto Espejel :: 12:43 PM 2 comentarios hay aquí
21 septiembre 2009
Moderno
Toda vida moderna habrá devastado al individuo. Individuos de otros tiempos, patrás o pa’lante, iguales a mí, inconformes que a la menor provocación se caen o se pierden.
Las vidas pasadas me han enseñado que no hay nada de extraordinario en que la vida sea un absoluto colmado de ciclos en su interior. La encarnación es un acto de todos los días: basta con pensarse en otro espacio, otro tiempo, otro cuerpo, para haber tenido ya una experiencia astral. De bajo nivel e inútil, sí, pero astral hasta la médula.
Esta vida moderna me devasta.
Esta vida que ha hecho del contraste el más flagrante y radical de los placeres. Por ejemplo
-en medio del caos es cuando vale la pena meditar o escuchar una música lenta y armónica
-yo amo despertar con guitarrazos estrafalarios o bien con el jazz más free y rudo que encuentre
-un beso en la frente o la más suave de las caricias justo en la cúspide del encuentro amoroso puede ser una experiencia harto sensual
-el carrilero que hace las funciones de extremo puede irse por toda la banda quitándose rivales y controlando el balón, pero el gol será memorable solo si bombea suavemente el esférico ante la salida del arquero
En mi vida moderna importa la vertiginosa apariencia al punto de elevar al grado de éxtasis a la discreta individualidad, ese dulce paraje del pensamiento a solas, del silencio abstractor (ah, benditas palabras que no existen y que sin embargo exigen su derecho a la presencia de vez en cuando).
En mi vida moderna importan los nombres, las categorías, las descripciones.
Añoro cuando bastaba con admitir a la locura, ese estado creativo que no depende de las justificaciones, como un medio legítimo de expresión.
Léase la infancia.
Últimamente mis mejores charlas las tengo con mi hija que, dicen, aún no sabe hablar bien.
Mierda, ¿y por qué yo le entiendo a la perfección?
Sus juegos son deliciosos, cuando transforma en nueces sus colores y se los come imaginariamente o cuando inventa palabras como cisocé, kamipopia o kalá para nombrar objetos aún sabiendo a la perfección sus nombres, o aquellas veces en que escala montañas tapizadas o vuela por los altos y prolongados cielos que abundan entre la cama y el techo.
Esta vida moderna impone normas y le otorga juicios terribles a quien no las cumple a cabalidad, ya lo sabemos.
Y lo detestamos.
Esta vida con sus énfasis en curar en base a desplazar el dolor hacia otro lado sin querer profundizar en su significado, en lo que simboliza, en lo que el cuerpo comunica tan sabia y milenariamente.
Esta vida con sus lastres brutales en las finanzas, la política, la religión, la cultura de los países (acaso siempre el mismo aciago país global), las cuales imponen estilos de vida tarde o temprano insatisfactorios.
Esta vida con ese inquietante poder de enseñanza en torno a vivirlo todo salvo el presente, razón por la cual es fácil que aparezca luego el deseo, el consumo, la egolatría, el miedo.
Esta vida, falible y absurda.
Moderna como cualquier otra época pasada.
(una queja más al respecto, como siempre con nosotros, los inconformes)
Y yo que venía aquí a hablar de otra cosa, mierda.
:: Alberto Espejel :: 8:05 PM 4 comentarios hay aquí
10 septiembre 2009
un poema escrito hace 4 años: revisitado: reescrito: reeditado: reordenado: resignado: reinsertado: re:
dos desigualmente jóvenes)
tuviera como un aura inquietante.
JULIO CORTÁZAR
Y ya qué hacer con esta calle despejada.
Todo este orden como de puntos suspensivos,
uno siguiendo a otro a otro
y otros más que imaginariamente siguen
como si abrieran grietas en el tiempo
para refugiarse en la nada.
Palomas escondidas en los boquetes de los edificios
que pasan inadvertidas
sin necesidad de camuflaje.
Incluso a un buen fotógrafo se le iría la toma.
Antes fui por el Quai d'Bourbon
y ya no soplaba viento,
pero tú la mujer rubia
eran las nubes,
entonces pasó una paloma
y me parece que un gorrión
delante de mis rostros
sus rostros
nuestros.
Ah, viento de Chapultepec
que me despejas el cielo
y la calle.
Habría que decidirse a encontrar una paloma qué fotografiar.
- - -
Yo que miro,
qué puedo mirar con el sol de frente.
Miro las nubes
o más exacto:
el espacio que una vez ocuparon
pero quedo ciego,
prefiero bajar la mirada
sin llegar al suelo.
Tomo entonces Paseo de los Andes
y en Monte Nevado ese incienso inservible,
en Cerro Agreste el agua,
Campos Celestes un edificio a medio hacer,
por Noche Pletórica caminando.
Mirar y caminar
son los infinitivos más.
[finitos
finos e) infinitos
-ínfinos-
Luego de mirar me viene el recuerdo
o el registro,
antes es caminar.
Recuerdo la imagen antes que su verdadero cuerpo,
había girado como una veleta de cobre
y los ojos, los ojos estaban ahí.
- - -
Era delicada y linda, como la noche,
salía humo de sus negros ojos,
yo la perdí por verla tanto,
al igual que sucede con noches así.
Sólo mirar y esperar,
algo tiene que suceder luego de mirar tanto.
Estoy solo como lo está cualquiera,
como la noche cuando es de día,
y no hay nubes.
Estoy solo como una fotografía cuando nadie la ve.
Como una paloma que es una nube que se suspende.
(nostalgia de lo que se obtuvo
aunque lo obtenido
sea aquello que no fue)
- - -
La noche se me desliza
y creo que bien podría haber
otras maneras de no contar nada.
¿Por qué no llega la paloma y se esconde en la nube?
¿Por qué no llega la noche y cubre éste sol?
¿Por qué mujer rubia ojos negros tácito encuentro?
No se acaba un poema con una pregunta
ni se pregunta qué después de leerse.
:: Alberto Espejel :: 11:28 AM 1 comentarios hay aquí